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martes, 29 de marzo de 2011

¿Qué haría Cristo en mi lugar?

 

 por: Fernando Paulsen



Hay veces en que la historia golpea a tu puerta y demanda que tomes una decisión. No lo hace interpelando sólo al individuo, sino especialmente a su profesión. Todo el andamiaje de valores que esa actividad profesa y ostenta se pone a prueba ante el desafío histórico que de sopetón clama por una respuesta.

Así sucede con las dictaduras y el periodismo. ¿Cuál debe ser el comportamiento profesional de quienes se jactan de trabajar diciendo la verdad cuando se impone la censura y las noticias dejan de ser hechos y pasan a ser montajes? ¿Adaptarse para salvar la vida? ¿Buscar la manera de informar aunque aumente el riesgo de represión? Los  periodistas y los medios que ideológicamente son afines al régimen dictatorial y sus métodos no tienen estas dudas. Simplemente sirven -como sirvieron en Chile- al  poder dominante. Pero ¿y el inmenso resto, cómo procede? La historia de la profesión está llena de ejemplos notables, que se citan, se enseñan, se leen, sobre cómo la verdad encuentra la forma de diseminarse, por la audacia y riesgo de quienes no abandonaron su actividad cuando el desafío salió de su promedio y se hizo extremo.

La medicina está plagada de ejemplos similares. Médicos se enlistan voluntariamente para atender heridos de guerra, a la hora de los conflictos bélicos. Abandonan la comodidad de sus hogares y de sus consultas particulares y -sin necesitarlo económicamente- entregan horas de su tiempo al servicio de hospitales públicos. Deben tomar decisiones de vida y muerte que afectan a desconocidos en estado de indefensión máxima, la mayoría de las veces sin reconocimiento público. Enfrentados a la evidencia de un paciente con lesiones producto de violencia intrafamiliar, o del abuso de las drogas, o fruto de una violación, deben decidir si simplemente se limitan a curar, o si su profesión también exige que intervengan en la génesis social del problema, denunciando los hechos a la justicia o informando a la familia lo que sucede.

En el caso de los profesionales de la fe cristiana y del amor de Dios, cuya expresión preponderante en Chile son los sacerdotes y monjas de la iglesia católica, ¿cómo deciden a la hora de ser desafiada la esencia de su actividad lo que deben hacer?   Cuando saben, como ahora, que un tema fondeado por décadas en los pasillos de sus conventos, parroquias y colegios sale obligadamente de su murmullo interno y se transforma en la oportunidad de limpiar una estructura que no promueve la mentira y los abusos como su vocación cotidiana, ¿qué se debe hacer?

El padre Alberto Hurtado definió hace ya muchos años lo que debiera ser una guía de los cristianos enfrentados ante este tipo de desafíos vitales. Lo hizo en un mensaje titulado "El llamado del Señor" y que en su primer párrafo establece que no todos los profesionales de la fe católica están a la altura de asumir este reto:

"Lo que sigue sólo se dirige a los hombres de corazón grande, a los magnánimos, a los que son capaces de entusiasmarse por un ideal que va más allá de lo estrictamente obligatorio, a los chiflados por Cristo... Los que no lo estén, o no tengan siquiera el ideal de estarlo, mejor es que se bajen del buque, porque no van a ser sino un peso muerto; lo que se va a decir no tendrá sentido para ellos...".

La fórmula del Padre Hurtado es responder una sola pregunta: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Enfrentado al mismo dilema, aquel que es la base del mensaje que da origen a su vocación religiosa, ¿cómo se comportaría? ¿Aportaría su testimonio de lo que sabe o callaría? Si tuviera que decidir entre la estabilidad de jerarcas y su institución o arriesgar turbulencias mayores en pos de la verdad y la coherencia con el mensaje original, ¿qué haría Cristo en la misma situación?

Jesús, según relata el Nuevo Testamento, no trepidó en denunciar a uno de sus favoritos como quien lo negaría más adelante. A otro le predijo a viva voz su traición. Enfrentó sabiendo su resultado mortal a los burócratas de su fe de la época, les acusó de adulterar el mensaje de su padre y usarlo para su beneficio. Si él es el modelo, dice el Padre Hurtado, cómo evitar preguntarse en momentos de disquisiciones vitales, cuando abundan los riesgos y faltan los mapas, ¿qué haría Cristo en mi lugar?

A la luz de lo acontecido en el Caso Karadima, constatándose que muchos más sabían lo que pasaba y que quizás continúa pasando en esa parroquia y otras a lo largo del país, ¿cómo evitar plantearse la duda básica que el padre Hurtado propone a los cristianos, y especialmente a quienes son los profesionales de su mensaje?

La fuerza de las convicciones, como de la fe, no se prueba en épocas de normalidad y sosiego, sino en los momentos extremos, cuando abunda el miedo, el riesgo y las posibilidades de soledad y represalias. Es ahí que retumba en las conciencias la pregunta que hoy debe estar en centenares de reflexiones de sacerdotes y monjas, cuando advierten que lo largamente ocultado ha encontrado el camino de divulgarse.

Imagino al sacerdote que sintió un genuino llamado a verterse en favor de los demás, siguiendo un impulso que implicaba levantarse y seguir un mensaje milenario venido del otro lado del mundo. Lo imagino explicando cada domingo su interpretación de las acciones relatadas en los evangelios y regresando, más tarde, a la quietud de su pieza con el dilema que lo persigue y que trae esas acciones a valor presente.

El único santo chileno se puso en ese lugar porque sabía que el cristianismo o es lucha  con sus dudas o es simplemente burocracia. Y ofreció a todos sus hermanos en la fe que acudieran a la fuente original y no temieran responder a la pregunta que no se agota en el tiempo:
 

¿Qué haría Cristo en mi lugar?

  

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