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domingo, 13 de febrero de 2011

VIÑA ES UN FESTIVAL


Sacando memorias de un saco, me viene a la mente un verano en dictadura, cuando Santiago era un campo minado donde no era posible imaginar un mambo gay para menear la cola, ni siquiera un barcito rosa que te hiciera olvidar la repre. Las locas adolescentes de entonces vivíamos escondidas en las casas viendo el Festival de Viña en el febrero sofocante.Y en eso estaba, cuando llega a mi casa la Leiva contando que cerca de Estación Central unas locas tenían un clandestino para mariconear con toque de queda. Era arriesgado, pero como de pendeja fui atrevida, le dije a la Leiva que fuéramos. ¿Y te atreves?, tu estas en la universidad, me dijo ella. Tienes mucho que perder. Mas pierdo viendo esta mugre de Festival, le conteste airosa, y peinándonos las pestañas, salimos a tomar la micro rumbo  a desentumir el charqui en aquel clandestino. Era una casa pareada sin jardín que daba directo a la vereda. Llegamos sigilosas, mirando a todos lados tocamos el timbre, se abrió una ventanilla y una voz pregunto la clave. Viña es un Festival. Música junto al mar, respondimos a coro y  entramos por un largo pasillo hasta un hall donde una loca cara de huemul cobraba la entrada preguntando: ¿quieren dejar algo en el guardarropía?. No quisimos dejar nada temerosas, porque esas casas de barrio no tienen mas salida que la puerta de calle. Tomándonos una piscola suavecita recorrimos las piezas mirando a los colas  bailando silenciosas con la música bajita y lo único que se escuchaba eran el dancing de los zapatos en el crujir de las tablas. Ya mas relajadas, mi amiga salio a bailar y yo curiosa busque el baño fijándome en una ventanita que estaba muy arriba cerca del techo. El lugar era depre y no había mucho que mirar en las sombras iluminadas tristemente por las luces de árbol de pascua que era la decoración de esta improvisada disco. Pero bueno, es lo único que hay, pasémoslo bien dijo la Leiva sacándome a bailar. Y en eso estábamos, improvisando coreografías, cuando las patadas en la puerta nos cortaron la respiración. Nos quedamos heladas, y una loca soltó los tapones y apago la luz  murmurando ahogada: Llegaron los pacos. Ahí en la oscuridad, quedo el desastre, algunas tropezaban, caían, se quebraban los vasos, otras desesperadas buscando las pieles en el guardarropía. Todas tratando de ver por donde arrancar. Y ahí me acuerdo de la ventanita del baño y agarro a la Leiva y nos metimos al baño y cerramos la puerta con pestillo, pero una gorda nos había ganado y brincaba tratando de alcanzar  la ventanita que estaba cerrada. En uno dos por tres, hicimos una escalera humana con las manos, y me subí yo, que era  la mas flaca, y de un golpe abrí la ventana pasando por el estrecho espacio y caí de hocico al patio interior de una casa vecina. Me pare como un gato y ayude a las otras a bajar de la altura. En eso estábamos cuando sentimos los gritos y los disparos. Los pacos habían echado abajo la puerta y estaban apaleando locas como para un curanto. En el patio se prendieron las luces de la casa, y nosotras nos pegamos a la hiedra de una muralla. Una silueta se asomo a la puerta del patio con una linterna, y vimos pasar el haz de luz rozando nuestros pies, casi ni respiramos, tiritando, tratando de no hacer  ruido. La figura apago la linterna y cerro la puerta. Entonces la pregunta era como salir de allí. Los muros eran tan altos que no podíamos alcanzarlos. Y como por milagro apareció la gorda con una escalera. Bendita gorda, dijimos con mi amiga trepando los peldaños y arriba del muro nos dimos cuenta que estábamos en mitad de la manzana. Abajo se veían techos y chatarras de autos en un garaje. La gorda encontró una bajada. Bendita gorda, dijimos descendiendo con mucho cuidado al pisar las latas tratando que no crujieran, y abajo seguimos buscando una salida a la calle mientras atrás se escuchaban los gritos y los balazos del allanamiento mezclados con la música del Festival. Parecía imposible seguir, había un techo y una muralla inalcanzable. Ahí apareció la gorda con un cajón. Santa gorda, dijimos trepándonos al zing. Maravillosa gorda, repetíamos buscándola, pero había desaparecido y desde abajo nos murmuro que tenía que regresar porque se le habían caído los documentos y se la trago la oscuridad. Estábamos en mitad de la manzana, sentados al parecer en el techo de una cocina donde se escuchaba la bulla del Festival, música junto al mar. Lo único que podemos hacer para salir de aquí, agregue con voz de macho, es golpear y decir que estábamos en una fiesta donde  fumaban marihuana y llegaron los pacos y nosotros que no somos drogadictos tuvimos que arrancar. Y no espere a que mi amiga asintiera y toque la ventana diciendo: alo, alo. Al momento se asomo un hombre y grito: No se muevan, y al instante salio con una escopeta ordenándonos: bajen de a uno con las manos en la nuca. Detrás una mujer en camisa de dormir, le decía: Raúl llama a los carabineros, son ladrones. Señor nosotros estábamos en una fiesta y…La mujer seguía: no les hagas caso Raúl. El hombre titubeaba apuntándonos con el arma. Un joven en calzoncillos apareció bostezando: déjelos salir papa y no se haga problemas. Este es igual a ellos que fuman esa cosa, Raúl llama a los carabineros. Señor, lo único que queremos es salir a la calle, por favor. El hombre hizo callar a la mujer, y le hizo una seña al joven para que abriera la puerta. Estábamos por salir, cuando aparece la gorda sudando arriba del techo. El hombre  desconcertado la apunto jalando el gatillo. No dispare, es amigo nuestro, grito la Leiva casi en desmayo. Y la gorda bajo del muro con las manos en la nuca, muda de espanto. Bueno, no quiero problemas dijo el hombre y a culatazos nos saco para afuera. La calle era un túnel negro en el toque de queda, lo único que sonaba era la música del Festival cuando arrastrándonos nos metimos bajo un camión para esperar la amanecida. ¿Y quién habrá ganado la gaviota del Festival?, pregunto la gorda con su cara entupida acomodándose para dormir.


por Pedro Lemebel

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